Héroes no reconocidos de la pandemia: los profesionales de la salud —por Elan Journo

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La pandemia muestra que, a nuestro alrededor, hay héroes no suficientemente valorados.

Legiones de ellos trabajan en hospitales. Lo que ha quedado claro en Nueva York y en otros lugares es que los médicos, las enfermeras y otros trabajadores de la salud se enfrentan a condiciones similares a las de un campo de batalla. La falta de tests generalizados, la desesperante escasez de respiradores y la disminución del suministro de equipos de protección personal, tales como barbijos, han hecho que su trabajo sea mucho más difícil y han aumentado considerablemente su riesgo.

Historias horripilantes se multiplican cada día: médicos teniendo que reutilizar sus máscaras; personal hospitalario usando bolsas de basura para improvisar batas; médicos teniendo que sopesar si poner en peligro sus propias vidas para salvar a los pacientes. Aquí, desde la posición de una médica de emergencias, la Dra Colleen Smith, se puede ver desde dentro al golpeado hospital Elmhurst en Nueva York. (https://youtu.be/bE68xVXf8Kw)

Una posible señal de lo que está por venir es evidente en España, que también tiene una grave escasez de máscaras y equipo de protección. Casi el 14% de todos los casos de COVID-19 en España son profesionales médicos, muchos aparentemente infectados en el trabajo. Una enfermera de emergencias en España ha denunciado el hecho de que, al carecer de un equipo de protección adecuado, ella y sus colegas se han convertido en “kamikazes de la atención médica”. (Algunos médicos en los EE. UU. están escribiendo y actualizando sus testamentos).

Muchos estadounidenses han expresado su gratitud por el trabajo de médicos y enfermeras. Basta mirar Twitter o Facebook. En la ciudad de Nueva York, los residentes se asomaron a sus ventanas para aplaudir y animarlos en sus incansables esfuerzos. En otros lugares, individuos y empresas han recolectado suministros de máscaras y los donaron a hospitales locales.

Pero ojalá tal apreciación fuera universal. Lo que da vuelta el estómago es la evidente desvalorización de los médicos y enfermeras por parte de algunos administradores de ciertos hospitales y por las autoridades gubernamentales. Es responsabilidad de las autoridades gubernamentales prepararse para este tipo de situación asegurando suministros y recursos adecuados, pero estamos viendo qué sucede cuando los pedidos de preparación para la crisis no son atendidos.

Todavía hay otro tipo de desvalorización de médicos y enfermeros. Considérese a los estudiantes universitarios que se congregaron en las playas de Florida o México durante las vacaciones de primavera, o los neoyorquinos que, según los informes, organizan cenas compartidas en departamentos llenos de gente. Eligen voluntariamente no distanciarse socialmente. Pueden decidir ser fatalistas sobre su propia salud (“¡si me contagio corona, me contagio corona!”), pero lo objetable es hacerlo y luego, cuando se enferman, esperar que los médicos y las enfermeras, que carecen de protección adecuada, los traten en emergencias. Imponer tal riesgo a los trabajadores de la salud es ignorar sus vidas.

La desagradable premisa detrás de tal indiferencia es que los médicos y las enfermeras, personas que pasan años y años dominando los océanos del conocimiento científico y perfeccionando continuamente sus habilidades para salvar vidas, de alguna manera nos deben sus vidas y su trabajo. Es como si fueran nuestros sirvientes, y no tenemos que preocuparnos por lo que les sucede. La expectativa es que siempre se presenten a trabajar, incluso a costa de su propia salud y el bienestar de sus familias. Pero este es un tipo de chantaje invertido, una forma de explotación que no cuenta con los vicios, sino con las virtudes de los médicos y enfermeros. Es precisamente por su amor por su trabajo y dedicación a los pacientes, que muchos de ellos se presentan todos los días.

Esta misma premisa, evidente en el Servicio Nacional de Salud del Reino Unido, hace mucho tiempo pudrió el sistema de salud controlado por el gobierno de Estados Unidos. Durante décadas, vimos la imposición de control tras control, regulando minuciosamente el juicio de los médicos y enfermeras, dificultando su trabajo, con la expectativa de que soportarán cualquier cosa para salvar vidas. La pandemia, según claman algunas personas, valida el argumento de pasar a alguna forma de atención médica administrada por el estado, como Medicare Para Todos. Pero lo cierto es lo contrario. Inserto en tales sistemas hay un desprecio básico por la vida, el juicio y la libertad de los médicos y enfermeros.

Eso es también lo que subyace a la alarmante sugerencia del alcalde de Nueva York, Bill de Blasio, de un reclutamiento nacional de médicos y otros trabajadores médicos para servir en los hospitales, comenzando por Nueva York.

Los médicos y los trabajadores médicos son el “hombre olvidado” de la medicina socializada, con repercusiones perjudiciales para todos nosotros. Tal insensibilidad hacia ellos es una farsa moral.

Una lección que ya podemos extraer de esta crisis es que necesitamos reconocer adecuadamente el tremendo valor de los médicos y enfermeros. Otra es que, en lugar de imponer más controles o nacionalizar la atención médica, debemos avanzar hacia su liberación y la de su industria. A pesar de la gran efusión de elogios y gratitud hasta el momento, recién estamos comenzando a apreciarlos completamente.


El Ayn Rand Institute ha otorgado permiso al Ayn Rand Center Latin America para traducir este artículo al español de su versión original en inglés, pero no avala de manera directa la traducción ni garantiza su exactitud, completud o fiabilidad.

Este artículo fue originalmente publicado en New Ideal.