Homenaje de un ateo a la Navidad —por Onkar Ghate

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Yo soy ateo, y adoro la Navidad. Si tú piensas que esa es una contradicción, piensa de nuevo.

¿Recuerdas cuando eras niño y escribías listas de deseos de cosas que genuinamente valorabas, que creías que merecías, y que sabías que te traerían alegría? ¿Recuerdas cuando esperabas ansiosamente la llegada de la mañana de Navidad y la nueva bicicleta, el libro, o el set de química que tanto deseabas? Ese sentimiento de la infancia captura el espíritu de la Navidad y explica por qué tantos de nosotros esperamos esa temporada cada año.

Puede que ya no anticipes la mañana de Navidad con ese mismo entusiasmo infantil. Después de todo, incluso si todavía haces una lista de deseos, ¿no podrías simplemente salir y comprar las cosas tú mismo? Sin embargo, el placer de intercambiar regalos como una muestra de amistad y amor permanece. Particularmente cuando recibes (o compras) un regalo que sólo podría venir de alguien que te conoce bien —digamos, una camisa que amplía tu estilo o un nuevo vino que se convierte en uno de tus favoritos— ello sirve como un recuerdo material de una conexión espiritual.

Más ampliamente, a través de cartas, llamadas de teléfono, fiestas, viajes de larga distancia y vacaciones, la Navidad sirve como un momento para reconectar con familia y amigos queridos, para compartir vivencias importantes del año que ha pasado, y para mirar hacia el próximo. Es tiempo para disfrutar deliciosos chocolates, turrones, música festiva y películas navideñas.

Navidad es una festividad espiritual y su tema es el disfrute y la alegría personal y egoísta. El comercio que caracteriza a la temporada, lejos de restarle valor a esta celebración (como comúnmente se nos dice), es parte integral de la misma.

“El mejor aspecto de la Navidad”, observó Ayn Rand, es “que la Navidad ha sido comercializada”. La compra de regalos “estimula una enorme cantidad de ingenio en la creación de productos dedicados a un único propósito: dar placer a las personas. Y la decoración de las calles, colocadas por tiendas y otras instituciones —los árboles de navidad, las luces parpadeantes, los colores brillantes— proveen a la ciudad de una exhibición espectacular, que sólo la ‘codicia comercial’ puede permitirse ofrecernos. Uno tendría que estar terriblemente deprimido para resistir la maravillosa alegría de ese espectáculo”.

Antes de que los cristianos cooptaran la Navidad en el siglo IV (no hay razón para creer que Jesús nació en diciembre), era una celebración pagana del solsticio de invierno, de los días que comenzaban a hacerse más largos. La tradición de Europa del Norte de traer árboles de hojas perenne al interior de la casa, por ejemplo, era un recordatorio de que la vida y la producción pronto regresarían a la tierra ahora congelada.

Ese enfoque en la alegría terrenal es la real fuente de la emoción más comúnmente identificada con la Navidad: la buena voluntad. Cuando te sientes genuinamente bien respecto de tu propia vida y cuando te es permitido reconocer y celebrar esa alegría, tú llegas a desear la misma felicidad para otros. Son aquellos que desprecian su propia vida, quienes fustigan y hacen la vida miserable para el resto de nosotros.

El comercialismo de la Navidad refuerza nuestra buena voluntad. Cuando recorres los centros comerciales en busca del regalo perfecto para un ser amado y eres testigo de la abundancia de bienes y luces y decoraciones, no puedes evitar sentir que los seres humanos no son enemigos a los que temer o tontos a los que evitar, sino compañeros de viaje y potenciales aliados en la búsqueda de alegría. No es un accidente que Estados Unidos, el país más productivo del mundo, sea también el más benevolente.

La relación de la Navidad con la buena voluntad lleva a muchos a creer que la festividad es inseparable del Cristianismo, supuestamente, la religión de la buena voluntad. Pero la conexión es tenue. Una doctrina que te dice que eres un pecador —que debes buscar redención, pero que no puedes ganarla tú mismo y que Jesús, sin pecado alguno, ha soportado una horrorosa muerte para redimirte a ti, quien no mereces su sacrificio pero que deberías aceptarlo de todas formas— difícilmente puede caracterizarse como expresión de una visión benevolente del hombre.

El Cristianismo, desde el inicio, ha sospechado del placer y la alegría humana terrenal. En el mejor de los casos, estos son vistos como impropios, de un pecador, quien debería estar ocupado arrepintiéndose y preocupándose por su destino en una imaginada próxima vida. Hubo una guerra contra la Navidad, cuando los religiosos predominaban en Estados Unidos. Los puritanos suprimieron la Navidad; de 1659 a 1681 en Boston, la multa por exhibir alegría navideña era de 5 chelines.

La Navidad, como la conocemos, con sus luces centellantes, renos voladores, y muñecos de nieve bailarines, es en gran parte una creación de los Estados Unidos del siglo XIX. Uno de los períodos menos cristianos en la historia occidental; fue una época de invenciones, de industrialización y de lucro terrenal. Sólo una época así podría idear una festividad dominada por el comercialismo y la alegría, y sentir la conexión entre ambos.

La Navidad en Estados Unidos no es una festividad cristiana. Y, además, en un país que separa la iglesia del estado, ninguna fiesta nacional puede ser considerada como propia de una religión.

Desafortunadamente, no es poco común escuchar gente decir que la Navidad es su período de mayor estrés. Presionados por el tiempo, sienten que hay demasiadas luces que colocar, comidas que cocinar, regalos que comprar. Buscando algo que culpar, ellos culpan el comercialismo de la temporada. Pero no hay ningún mandamiento que diga: “Deberás comprar un regalo a todos los que conoces”. Esa es la mentalidad religiosa del deber levantando su fea cabeza de nuevo. Haz y compra sólo aquello que tú verdaderamente puedes permitirte y puedes disfrutar; hay un sinnúmero de formas de celebrar con seres queridos sin gastar ni un centavo.

Pero sea lo que sea que acabes haciendo, no dejes que la alegría de esta temporada te pase de largo. Quizá ahora más que nunca, todos necesitamos recordarnos que alcanzar alegría en esta Tierra es el significado de la vida.

¡Feliz Navidad!


El Ayn Rand Institute ha otorgado permiso al Ayn Rand Center Latin America para traducir este artículo al español de su versión original es en inglés, pero no avala de manera directa la traducción ni garantiza su exactitud, completud o fiabilidad.